miércoles, 23 de junio de 2010

¿Cuánto tiempo permanece un permanente?

Hace unos días estuve en una de las clases de cinco años. Era la última semana de curso y todas las tutoras estaban aprovechando para acabar tareas pendientes. Este grupo no era diferente, y los niños y niñas se afanaban por terminar el “Tres en raya” de arcilla que habían comenzado días atrás. Mientras unos, conmigo, decoraban las cajas en las que guardarían su trabajo con pegatinas de colores, otros, con la tutora, pintaban las cabezas y las manchas de las mariquitas rojas y verdes que harían de fichas en el juego.

Precisamente de pintar sus mariquitas venía Silvia, con cara triste y lágrimas en los ojos. Se me acercó y, enseñándome una mancha de rotulador en su dedito extendido, me preguntó:

- ¿Es verdad que las manchas de permanente no se van nunca?

Yo la tranquilicé explicándole que no era cierto. Que tardan más en irse y podía ser que durante un par de días siguiera teniéndola. Pero que era seguro que desaparecería pronto.

- ¿Estás segura?

- Claro. No te preocupes más.

Un poco más tranquila –eso pensaba yo- se dio la vuelta para ir a la mesa de las pegatinas. Pero, como si de repente hubiera recordado algo que quisiera decirme, giró de nuevo y se me volvió a acercar.

- Yo ya sé –me dijo- porque me lo ha explicado mi mamá, que cuando nos hacemos mayores, somos viejecitos y un día nos dormimos y no nos despertamos más, y entonces nos convertimos otra vez en un bebé...

Ya estaba preparándome para responder a una pregunta sobre la reencarnación, cuando Silvia terminó su razonamiento, casi llorando y con voz temblorosa:

- Cuando yo vuelva a ser un bebé ¿tendré todavía la mancha?

viernes, 28 de mayo de 2010

"Pollitos"


Ayer observé que uno de mis niños se rascaba mucho la cabeza. Pensé comentárselo a la tutora para que le sugiriera a la familia que le hiciera una inspección a fondo. Pero en seguida descubrí que no sería necesario, porque después de un ratito, el pequeño me dijo:

- ¿Sabes? Me rasco porque tengo pollitos en la cabeza...

Los demás levantaron la vista soprendidos, supongo que esperando encontrar plumas amarillas y escuchar "pío, pío"... son alumnos del grupo de castellano y todavía no saben que "polls" son piojos en valenciano.

Por si las dudas, Ramón aclaró: "Los pollitos son como monstruos que hacen que me pique..."


No pude evitar acordarme de Paco "fuerte" y su visita cuando, un rato después exclamó un "¡¡ala!!" con el que rompió el silencio que, milagrosamente, reinaba en el aula en ese momento. Y viendo la sorpresa con la que le miraba, me explicó "es que al rascarme uno de los pollitos se ha caído, pero ahora ya no lo encuentro".


¡¡Ay!! Espero que nadie más de lo encontrara. Yo, desde luego, no lo vi.

domingo, 23 de mayo de 2010

Familias Reales


¿Os he descrito alguna vez el aula en el que trabajo con mis alumnos en la hora de "alternativa"? Es pequeña, pero una auténtica "aula multiusos".

No sólo sirve para que lleve a los alumnos de los diferentes grupos en la hora de "Atención Educativa" (que es cómo se llama ahora a la "Alternativa a la Religión"). También es el aula de actividades extraescolares, comedor pequeño, fotocopiadora, trastero y sala de reunión de la Asociación de Padres.

Somos tantas las personas que trabajamos en ella, y tan variadas las actividades que realizamos, que no es extraño encontrar las cosas en sitios en las que no las habíamos dejado o descubrir que la decoración cambia de un día para otro.

Por eso, cuando el jueves nada más entrar Josete señaló a la pared, apuntando con su dedito hacia algo que estaba sobre mi cabeza, y exclamó "¡Qué bonito!", me giré esperando encontrar algo nuevo que hubiera colocado el profesor de inglés.

Pero no vi nada más que unos dibujos que los niños habían hecho y yo misma había colgado unos meses atrás.

- ¿Esto? - le pregunté, señalando el granjero, la araña y la vaca que nos miraban desde la pared.

- No -respondió él- lo de arriba.

¿Lo de arriba? No había nada más que el cuadro con la foto de los Reyes, que está ahí "desde siempre", ya un poco descolorida y, desde luego, nada actualizada.

Supongo que nunca les había hablado desde ese punto exacto del aula y que ellos nunca habían mirado hacia allí porque, efectivamente, Josete se refería a la foto. Y me preguntó, todavía extasiado ante tanta belleza:

- ¿Es tuya?

- No, es de la clase. - Respondí yo.

Y Mohamed, que escuchaba nuestra conversación con atención, volvió a mirara a Don Juan Carlos y Doña Sofía y preguntó entonces:

- ¿Son tus papás?


Esa pregunta me hizo recordar a otro alumno, en otro colegio, en otro pueblo...

En aquella ocasión estábamos recortando fotos de revistas para hacer un mural en el que clasificar imágenes de mujeres / chicas / niñas frente a las de hombres / chicos / niños. Y apareció una foto bastante grande del Príncipe de Asturias.

Les pregunté a mis niños si sabían quién era y negaron con la cabeza en un gesto que me demostraba que mi pregunta era bastante absurda.

Les expliqué que era el Príncipe, el hijo de los Reyes y viendo que la expresión de desconcierto continuaba en sus caritas, les pregunté si sabían quiénes eran los Reyes.

- ¡¡Claro!! -me respondió Víctor, casi ofendido porque yo lo dudase- ¡¡Melchor, Gaspar y Baltasar!!

viernes, 30 de abril de 2010

Puntos y tentaciones

Es curioso cómo los niños escuchan e interpretan los que los mayores hablan. Y cómo, habitualmente, sus interpretaciones son mucho más divertidas, misteriosas, bellas o imaginativas que la realidad adulta.

El otro día hablábamos en clase del comportamiento en los servicios del colegio. Había cuatro dibujos: en dos de ellos, un niño y una niña se lavaban las manos recatadamente. En el tercero un niño jugaba con los rollos de papel higiénico, tirándolos por el suelo y enrollándolos en su cabeza, convirtiéndose casi en una momia minúscula y simpática. En el último, otro niño colocaba su dedito en el grifo, provocando que un auténtico surtidor bañara todas las instalaciones.
Los dibujos eran muy simpáticos pero, claro, mi obligación era contarles a los niños por qué no deben hacer esas cosas cuando nos piden pipí… o “cholek” :D
Y en eso estaba cuando Guillermo me dijo, muy serio, que si se pone el dedo en el grifo y se moja el suelo, otro niño puede resbalarse y hacerse mucho daño “en la cabeza o en el culo”.
Nicolás asintió. Y mientras lo hacía recordó lo que le había ocurrido a un amiguito suyo: “Se cayó y se hizo tanto daño que le salieron puntos de la cabeza”.

Los extraños puntos de sutura del amiguito de Nicolás :) me hicieron recordar lo que yo misma pensaba hace muchos, muchos años… Recuero cómo me gustaba que mi abuelo me llevara “a ver los trenes”. La Estación del Norte de Valencia era uno de sus destinos preferidos cuando nos llevaba a pasear.
Entrar por la puerta y ver los mosaicos que desean “Buen Viaje” a todos los viajeros provocaba en mí placer y terror a partes iguales.
Placer, porque ya entonces, sin haber viajado apenas, me encantaba el olor de las estaciones. Terror, porque para mí las palabras “no nos dejes caer en la tentación” que repetía cada noche, mientras rezaba antes de dormirme, significaban en realidad “no nos dejes caer en la estación”. Y mientras caminaba por los andenes, apretaba con más fuerza la mano de sólo tres dedos de mi abuelo, temiendo que en cualquier momento el suelo se abriera bajo nuestros pies.

viernes, 23 de octubre de 2009

Sandra

Eran las tres menos cinco de un precioso día de primavera. Estaba rodeada de niñas que, como yo, esperaban el momento de subir las escaleras y entrar en las aulas.
Yo no me había fijado en ella, no sé cuánto tiempo llevaba observándome, pero de repente tiró de mi manga y me dijo algo que no pude oir: eran muchas las risas y demasiadas las voces. Casi imposible escuchar la de una niña tan pequeña.
Me agaché y ella repitió:
- ¿Por qué estás tan triste?
- No estoy triste.
- Sí lo estás. -Afirmó ella. Y preguntó- ¿Puedo darte un beso?
Casi sin esperar mi respuesta lo hizo. Me rodeó con sus bracitos y dejó un beso en mi mejilla.
Ya eran las tres. Corrió hacia su fila y se perdió entre los cientos de niñas uniformadas que entraban en sus clases.

No tendría más de cinco años. Yo tenía diez más que ella. Y sí, estaba triste. Aunque no pensaba que fuera tan evidente.
Desde aquel día, cada tarde me buscó para darme un beso antes de irse a su clase.
Sólo sé que se llamaba Sandra. Y que me alegró aquel final de curso.

Me pregunto qué será de ella...