viernes, 11 de noviembre de 2011

Empatía

En la hora del patio:

- Yanira ¿por qué lloras?
- Es que me he caído y me he hecho pupa en la rodilla...

- Y tú, Carmen ¿por qué lloras?
- Porque Yanira está llorando y me da mucha pena...

viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Por qué Ellie sabe más inglés que Inés?

Inés es una niña de cinco años. Ellie es una elefantita de peluche. Y las dos se encuentran, cada lunes, en la clase de inglés.
A Inés, como al resto de sus compañeros, le encanta abrazar a Ellie. Se ríe cuando Ellie, sujeta por mi mano, salta o baila y grita alborozada cuando la elefanta coge la tiza amarilla si yo he dicho "red".
Cuando termina la sesión, los niños se quedan con su tutora mientras Ellie y yo nos vamos a otra clase, a jugar y aprender con más niños y niñas.

Un domingo, en una comida familiar, Inés dice una palabra en inglés. En el cole estamos aprendiendo las frutas y ella quiere demostrar lo que sabe. Su tía -que me conoce porque trabaja conmigo- la felicita y le dice que sabe mucho inglés a lo que ella responde:
- Sí, pero Ellie sabe más.
- ¿Por qué? - pregunta su madre.
- Porque está con la maestla todo el tiempo, y yo sólo los lunes.

Contenta

En mi trabajo hay momentos que te hacen sonreír y palabras que te alegran el día. La semana pasada tuve uno de ellos…

Estaba en clase con un grupo de niños de cinco años. Hablábamos de los sentimientos. A esas edades no siempre identifican correctamente sus sentimientos y mucho menos los de los demás.
Yo había dibujado tres caritas, una con una gran sonrisa, otra a punto de llorar y la tercera con el ceño fruncido y la boca apretada: estaba muy, pero que muy enfadada. Cuando les enseñaba una de ellas, los niños imitaban el gesto y después me contaban qué cosas les hacían sentir así. La mayoría estaban de acuerdo en que se ponen contentos cuando van al parque y tristes cuando otro niño les pega o su mamá les riñe. En lo que no estaban de acuerdo era en si ser castigados por haber hecho algo malo les hacía sentir tristes o enfadados.

Todos querían dar su opinión, sin importarles que un compañero hubiera dicho exactamente lo mismo un momento antes. Pero no puedo permitir que todos ellos hablen cada vez que levantan la mano: ¡¡aún seguiríamos allí!!

Carlos había hablado en un par de ocasiones, pero levantaba la mano con tanta insistencia cada vez que otro niño terminaba de hablar, que acabé por ceder y darle la palabra una vez más:

-“Maestla, yo me pongo contento cada vez que tú entras en clase”

¿La verdad? A mí me ponen contenta cosas como ésta.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Una visita inesperada


Esta mañana hemos tenido en el colegio una visita inesperada: volvíamos de almorzar (cuando no hay niños nos permitimos almorzar fuera del colegio) cuando al entrar en la sala de profesores vi un gato. Él también me vio a mí y no debí gustarle, porque escapó dando un rodeo para no acercarse a mí en su camino hacia la puerta. Al llegar al pasillo se encontró con alguna de mis compañeras. Debía ser un gato tímido, porque tampoco quiso acercarse a ellas. Y buscando la puerta más cercana se metió en una de las aulas. Una de mis compañeras y yo fuimos tras él, para ayudarle a encontrar la forma de salir, pero ignorando nuestros consejos fue directamente hacia las ventanas del fondo de la clase. Las clases están especialmente desordenadas este verano, porque han hecho algunas obras en el colegio durante las vacaciones; por eso el gato tuvo que saltar sobre mesas y sillas amontonadas, cajas de juguetes y torres de libros, todo ello en un equilibrio precario y cubierto de polvo. Las tres ventanas tenían las persianas bajadas (persianas de esas de oficina, de láminas que pueden girarse para dejar entrar la luz) pero él, sin pensárselo dos veces, dio un salto y se enganchó en la de la izquierda. Las láminas cedieron bajo su peso y el ruido que hicieron al doblarse lo pusieron aún más nervioso. Trató de retroceder hacia la puerta, pero la cerré rápidamente evitando que volviera a escapar por el colegio. Pensé que ya que había decidido salir por la ventana sería más fácil conseguir que lo hiciera en un espacio limitado, que no saltando de clase en clase.
Viendo abortada su retirada, volvió a dirigirse hacia las ventanas. Mi compañera había conseguido llegar hasta la de la derecha y estaba subiendo la persiana para facilitarle la salida, pero está estropeada y no se sujeta, así que se quedó allí, subida en una mesa y sujetando el cordón.
A pesar de lo tentador de la ventana sin obstáculos, la presencia de mi compañera fue suficiente para convencer al gato de probar en otra ventana, y así se dirigió a la del centro. Volvió a saltar casi hasta el techo, volvió a engancharse en la persiana, y volvió a caer entre láminas dobladas y un fuerte sonido metálico.
Yo seguí subiendo las otras persianas, pero era inevitable acercarme a él para hacerlo. Y para el pobre gato, ya al borde de una crisis nerviosa, yo seguía siendo una presencia aterradora, por lo que volvió a alejarse hacia la puerta. Allí estaban la directora y un par de compañeras más, sujetando la manivela. Tal vez temían que el felino tuviera la destreza y fuerza suficientes como para abrir la puerta y salir, haciéndolas a un lado.
Una vez abiertas las tres ventanas y subidas las tres persianas, sorteando todos los obstáculos que me dificultaban el paso a mí, que no soy un gato ni me caracterizo por mi agilidad, busqué con la mirada al animalito: estaba en el centro de la clase, indeciso. La sala ya no estaba en penumbra y ahora entraba una brisa fresca por las mitades de las ventanas abiertas. Me acerqué a él para animarle a intentarlo una vez más y en esta ocasión me hizo caso: cogió carrerilla, dio un salto impresionante… y se estampó contra el cristal de la ventana. ¡Había elegido la mitad equivocada para salir! Lástima que justo ayer nos limpiaran los cristales… el pobre cayó aturdido pero, sin pensárselo mucho volvió a intentarlo, esta vez sí, por la mitad de la ventana que no tenía cristal.

Mis compañeras estaban preocupadas porque en un descuido volviera a entrar en el colegio. Yo creo que ni se le pasará por la cabeza volver a acercarse :D

miércoles, 23 de junio de 2010

¿Cuánto tiempo permanece un permanente?

Hace unos días estuve en una de las clases de cinco años. Era la última semana de curso y todas las tutoras estaban aprovechando para acabar tareas pendientes. Este grupo no era diferente, y los niños y niñas se afanaban por terminar el “Tres en raya” de arcilla que habían comenzado días atrás. Mientras unos, conmigo, decoraban las cajas en las que guardarían su trabajo con pegatinas de colores, otros, con la tutora, pintaban las cabezas y las manchas de las mariquitas rojas y verdes que harían de fichas en el juego.

Precisamente de pintar sus mariquitas venía Silvia, con cara triste y lágrimas en los ojos. Se me acercó y, enseñándome una mancha de rotulador en su dedito extendido, me preguntó:

- ¿Es verdad que las manchas de permanente no se van nunca?

Yo la tranquilicé explicándole que no era cierto. Que tardan más en irse y podía ser que durante un par de días siguiera teniéndola. Pero que era seguro que desaparecería pronto.

- ¿Estás segura?

- Claro. No te preocupes más.

Un poco más tranquila –eso pensaba yo- se dio la vuelta para ir a la mesa de las pegatinas. Pero, como si de repente hubiera recordado algo que quisiera decirme, giró de nuevo y se me volvió a acercar.

- Yo ya sé –me dijo- porque me lo ha explicado mi mamá, que cuando nos hacemos mayores, somos viejecitos y un día nos dormimos y no nos despertamos más, y entonces nos convertimos otra vez en un bebé...

Ya estaba preparándome para responder a una pregunta sobre la reencarnación, cuando Silvia terminó su razonamiento, casi llorando y con voz temblorosa:

- Cuando yo vuelva a ser un bebé ¿tendré todavía la mancha?