
La familia de Aitana está pasando por un mal momento. Por eso, el viernes, cuando terminó de "hacer el tiempo" le permití sentarse sobre mis rodillas en lugar de volver a su cojín. Ya había hecho que la rana saltara hasta el charco del viernes, ya se había asomado a la ventana para comprobar que lucía el sol, ya había buscado la palabra "sol" en el panel y la había colocado en su sitio y estábamos a punto de comenzar la asamblea. Pero Aitana no volvía a su cojín y terminó sentada en mi rodilla.
Carolina no estaba muy conforme. Levantó la mano para informarme (por si no me había dado cuenta) de que Aitana no había vuelto a su sitio.
- Ya lo sé -dije yo -pero es que hoy, el cojín de Aitana soy yo.
- Entonces yo también quiero - respondió Carolina.
- Bueno, otro día tú. Hoy está ella.
- Si, pero tienes dos piernas - insistió Carolina, mientras señalaba mi pierna vacía con su dedito.
Ante una lógica tan aplastante, no me quedó más remedio que permitirle a ella también que se sentara en mi rodilla. En mi otra rodilla.
Maestla.