viernes, 5 de noviembre de 2010
¿Por qué Ellie sabe más inglés que Inés?
Contenta
Estaba en clase con un grupo de niños de cinco años. Hablábamos de los sentimientos. A esas edades no siempre identifican correctamente sus sentimientos y mucho menos los de los demás.
Yo había dibujado tres caritas, una con una gran sonrisa, otra a punto de llorar y la tercera con el ceño fruncido y la boca apretada: estaba muy, pero que muy enfadada. Cuando les enseñaba una de ellas, los niños imitaban el gesto y después me contaban qué cosas les hacían sentir así. La mayoría estaban de acuerdo en que se ponen contentos cuando van al parque y tristes cuando otro niño les pega o su mamá les riñe. En lo que no estaban de acuerdo era en si ser castigados por haber hecho algo malo les hacía sentir tristes o enfadados.
Todos querían dar su opinión, sin importarles que un compañero hubiera dicho exactamente lo mismo un momento antes. Pero no puedo permitir que todos ellos hablen cada vez que levantan la mano: ¡¡aún seguiríamos allí!!
Carlos había hablado en un par de ocasiones, pero levantaba la mano con tanta insistencia cada vez que otro niño terminaba de hablar, que acabé por ceder y darle la palabra una vez más:
-“Maestla, yo me pongo contento cada vez que tú entras en clase”
¿La verdad? A mí me ponen contenta cosas como ésta.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Una visita inesperada

Viendo abortada su retirada, volvió a dirigirse hacia las ventanas. Mi compañera había conseguido llegar hasta la de la derecha y estaba subiendo la persiana para facilitarle la salida, pero está estropeada y no se sujeta, así que se quedó allí, subida en una mesa y sujetando el cordón.
A pesar de lo tentador de la ventana sin obstáculos, la presencia de mi compañera fue suficiente para convencer al gato de probar en otra ventana, y así se dirigió a la del centro. Volvió a saltar casi hasta el techo, volvió a engancharse en la persiana, y volvió a caer entre láminas dobladas y un fuerte sonido metálico.
Yo seguí subiendo las otras persianas, pero era inevitable acercarme a él para hacerlo. Y para el pobre gato, ya al borde de una crisis nerviosa, yo seguía siendo una presencia aterradora, por lo que volvió a alejarse hacia la puerta. Allí estaban la directora y un par de compañeras más, sujetando la manivela. Tal vez temían que el felino tuviera la destreza y fuerza suficientes como para abrir la puerta y salir, haciéndolas a un lado.
Una vez abiertas las tres ventanas y subidas las tres persianas, sorteando todos los obstáculos que me dificultaban el paso a mí, que no soy un gato ni me caracterizo por mi agilidad, busqué con la mirada al animalito: estaba en el centro de la clase, indeciso. La sala ya no estaba en penumbra y ahora entraba una brisa fresca por las mitades de las ventanas abiertas. Me acerqué a él para animarle a intentarlo una vez más y en esta ocasión me hizo caso: cogió carrerilla, dio un salto impresionante… y se estampó contra el cristal de la ventana. ¡Había elegido la mitad equivocada para salir! Lástima que justo ayer nos limpiaran los cristales… el pobre cayó aturdido pero, sin pensárselo mucho volvió a intentarlo, esta vez sí, por la mitad de la ventana que no tenía cristal.
Mis compañeras estaban preocupadas porque en un descuido volviera a entrar en el colegio. Yo creo que ni se le pasará por la cabeza volver a acercarse :D
miércoles, 23 de junio de 2010
¿Cuánto tiempo permanece un permanente?
Hace unos días estuve en una de las clases de cinco años. Era la última semana de curso y todas las tutoras estaban aprovechando para acabar tareas pendientes. Este grupo no era diferente, y los niños y niñas se afanaban por terminar el “Tres en raya” de arcilla que habían comenzado días atrás. Mientras unos, conmigo, decoraban las cajas en las que guardarían su trabajo con pegatinas de colores, otros, con la tutora, pintaban las cabezas y las manchas de las mariquitas rojas y verdes que harían de fichas en el juego.
Precisamente de pintar sus mariquitas venía Silvia, con cara triste y lágrimas en los ojos. Se me acercó y, enseñándome una mancha de rotulador en su dedito extendido, me preguntó:
- ¿Es verdad que las manchas de permanente no se van nunca?
Yo la tranquilicé explicándole que no era cierto. Que tardan más en irse y podía ser que durante un par de días siguiera teniéndola. Pero que era seguro que desaparecería pronto.
- ¿Estás segura?
- Claro. No te preocupes más.
Un poco más tranquila –eso pensaba yo- se dio la vuelta para ir a la mesa de las pegatinas. Pero, como si de repente hubiera recordado algo que quisiera decirme, giró de nuevo y se me volvió a acercar.
- Yo ya sé –me dijo- porque me lo ha explicado mi mamá, que cuando nos hacemos mayores, somos viejecitos y un día nos dormimos y no nos despertamos más, y entonces nos convertimos otra vez en un bebé...
Ya estaba preparándome para responder a una pregunta sobre la reencarnación, cuando Silvia terminó su razonamiento, casi llorando y con voz temblorosa:
- Cuando yo vuelva a ser un bebé ¿tendré todavía la mancha?
viernes, 28 de mayo de 2010
"Pollitos"

domingo, 23 de mayo de 2010
Familias Reales

viernes, 30 de abril de 2010
Puntos y tentaciones
El otro día hablábamos en clase del comportamiento en los servicios del colegio. Había cuatro dibujos: en dos de ellos, un niño y una niña se lavaban las manos recatadamente. En el tercero un niño jugaba con los rollos de papel higiénico, tirándolos por el suelo y enrollándolos en su cabeza, convirtiéndose casi en una momia minúscula y simpática. En el último, otro niño colocaba su dedito en el grifo, provocando que un auténtico surtidor bañara todas las instalaciones.
Los dibujos eran muy simpáticos pero, claro, mi obligación era contarles a los niños por qué no deben hacer esas cosas cuando nos piden pipí… o “cholek” :D
Y en eso estaba cuando Guillermo me dijo, muy serio, que si se pone el dedo en el grifo y se moja el suelo, otro niño puede resbalarse y hacerse mucho daño “en la cabeza o en el culo”.
Nicolás asintió. Y mientras lo hacía recordó lo que le había ocurrido a un amiguito suyo: “Se cayó y se hizo tanto daño que le salieron puntos de la cabeza”.
Los extraños puntos de sutura del amiguito de Nicolás :) me hicieron recordar lo que yo misma pensaba hace muchos, muchos años… Recuero cómo me gustaba que mi abuelo me llevara “a ver los trenes”. La Estación del Norte de Valencia era uno de sus destinos preferidos cuando nos llevaba a pasear.
Entrar por la puerta y ver los mosaicos que desean “Buen Viaje” a todos los viajeros provocaba en mí placer y terror a partes iguales.
Placer, porque ya entonces, sin haber viajado apenas, me encantaba el olor de las estaciones. Terror, porque para mí las palabras “no nos dejes caer en la tentación” que repetía cada noche, mientras rezaba antes de dormirme, significaban en realidad “no nos dejes caer en la estación”. Y mientras caminaba por los andenes, apretaba con más fuerza la mano de sólo tres dedos de mi abuelo, temiendo que en cualquier momento el suelo se abriera bajo nuestros pies.